domingo, 22 de marzo de 2009

Los museos olvidados de la ciudad.

Doy gracias porque vivo en un país lleno de gente con cultura; por lo cual, puedo disfrutar del la cornucopia de lugares y eventos en los cuales puedo recrearme y cultivarme. Sé que suena sin sentido y algo rebuscado, pero ¿quién considera a México un país con cultura? Y aunque suene irónico, somos un país con una industria de piratería de libros (lo cual, quiero suponer, indica que es un negocio redituable), con una de las mejores universidades de Latinoamérica y de muchos otros países, y contamos con la segunda ciudad con más museos en el mundo (sólo superado por la ciudad cosmopolita de París).

Soy consciente que la cantidad no es garantía de calidad. Podemos encontrar exposiciones sobredifundidas pero con una muy dudosa calidad (pongamos de ejemplo las exposiciones del Soumaya) y sobreabarrotadas (como las exposiciones temporales en el Museo Nacional de Antropología e Historia). Pero, ¿qué hay de aquellos otros museos que no son del grupo a los cuales los maestros de secundaria y primaria nos mandaron o que no son de los que vemos anunciados en transportes públicos?

La variedad me asombra. Museos de caricaturas donde los moneros tienen un espacio para realizar su arte sin los límites (políticos y personales) que revistas, periódicos y demás medios les imponen, museos de arte contemporáneo, donde pintoras del calibre de Remedios Varo nos deleitan con sus obras, museos donde el tiempo no pasa, donde se nos muestra la forma de vida de tiempos casi olvidados, con sus costumbres y sus creencias, museos donde la tecnología es utilizada para enseñarnos cómo el mundo se mueve y que nos asombran con los límites a los cuales el hombre ha llegado, museos que nos muestran los horrores de la ciudad en la que vivimos sin pedirle nada a las historias ficticias de la pantalla grande.

Pero, como en todo, se requiere de un conocimiento previo para disfrutar de la calidad de las exposiciones. No hay que dejar que nos vendan gato por liebre. El ver que la gente se aglutina por anuncios que hablan de maravillas llenas de colores ha llevado a la degeneración, y hoy podemos ver exposiciones con obras sin calidad y sin contenido. Hay que ser críticos y alejarnos de las luces cegadoras y las palabras vacías.

Tomen un día y vayan a esos museos a los que sólo fueron cuando un profesor los mandó, pero ahora vayan con las ganas de conocer algo nuevo, de ver algo diferente; no porque alguien los obligue a ello, sino por el gusto propio de hacerlo; la ubicación de éstos es muy fácil de encontrar, en internet hay una amplia lista de museos y en el Centro pueden preguntar en los puestos de información a turistas, donde con mucho gusto, les proporcionan la información y mapas de la ubicación de éstos.

No tenemos un museo más grande que las mismas calles de la ciudad, donde encontramos la historia de cientos de años de vida; arquitectura de tres épocas muy marcadas. Aquí podemos apreciar desde pirámides de piedra que parecen eternas, siendo siempre cuidadas por dioses antiguos; la arquitectura del colonialismo que quiso desaparecer una cultura entera, con edificios cuidados por un Dios que todo lo ve, hasta la arquitectura de una cultura que ha absorbido costumbres de tantas culturas que es difícil definir un origen común. Encontramos calles con leyendas vivas en su pavimento y en sus aceras; que se cuentan y se mezclan en el tiempo como aquel juego de la niñez; paredes pintadas de historia, leyendas, cuentos y realidades; un desfile sinfín de moda, gastronomía, danza y demás artes.

Simplemente hay que detenerse un instante y observar. Porque mirar no basta para encontrar.



Museo de las Intervenciones.

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